Instituto de Derechos Humanos

4 09 2008

Con la decisión del Ejecutivo de retirar el tantas veces vapuleado proyecto de Ley que crea el Instituto de Derechos Humanos (DDHH) se generan dos efectos, a mi juicio perniciosos. El primero tiene relación con la razón material por la cual es retirado: ésta es la falta de apoyo a este proyecto de quizás la más emblemática organización de derechos humanos en nuestro país, la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos (AFDD), que argumenta su rechazo porque no se incorpora la facultad de persecución de violadores de los derechos humanos en esta institución, descontinuando así la labor de las comisiones Rettig y Valech que ahora realiza el Programa de Derechos Humanos del Ministerio del Interior.

El segundo se vincula con los efectos subjetivos que se producen en nuestro país sobre el conjunto de cuestiones relacionadas con los derechos humanos, relegando la problemática sólo a un sector político (la izquierda), sólo a un tipo de violaciones de estos derechos (los de la dictadura) y el Estado de Chile, generándose con todo ello una muy mala propaganda en el mundo respecto de nuestra visión sobre los derechos fundamentales de las personas.

Chile carece y seguirá careciendo durante largo tiempo de una verdadera política sobre derechos humanos, permitiendo de esta manera que persistan episodios como el hacinamiento carcelario, los de la violencia policial, las prácticas que dañan los derechos a la salud y a un medio ambiente libre de contaminación. Y manteniendo presentes los crímenes de la dictadura aún sin nombres, sin cuerpos y sin justicia con esta decisión por mucho tiempo más.

Néstor Morales T., director ejecutivo del Observatorio DDHH

Publicado en La Nación, Jueves 04 de Septiembre de 2008





El impotente poder de la socialdemocracia europea

2 09 2008

Michel Rocard*

A primera vista, la democracia social europea parece estar en crisis. El desplome de Gordon Brown en el Reino Unido, la brutal conmoción de la recesión económica de España, las dificultades para renovar la dirección socialista en Francia, el desplome de la coalición de centro izquierda en Italia y las graves luchas intestinas dentro del PSD alemán son, todos ellos, ejemplos de la aparente incapacidad de la socialdemocracia para aprovechar la oportunidad, que la actual crisis financiera debería brindar, de ejercer una mayor influencia.

Pero la simultánea aparición y el carácter palmario de esos problemas son menos importantes de lo que parecen. Los errores o torpezas en el gobierno no son exclusivos de la izquierda: Bélgica está paralizada por la amenaza de ruptura, Austria sigue intentando consolidar una improbable coalición conservadora, Polonia está esforzándose por lograr un equilibrio estable para sus numerosos impulsos reaccionarios y el Presidente de Francia está alcanzando niveles de impopularidad sin precedentes.

Dos factores ayudan a explicar las incertidumbres europeas actuales: en primer lugar, la crisis económica y financiera internacional, que estamos superando bastante lentamente; en segundo lugar, la forma como los medios de comunicación están presentándola. A la combinación de los dos es, a mi juicio, a la que se debe la sensación de impotencia que está afectando ahora a toda Europa y puede parecer que caracteriza a la socialdemocracia en particular.

Al informar sobre la crisis, los medios de comunicación han insistido demasiado en la situación financiera y no han prestado la atención suficiente a la marcada desaceleración del crecimiento económico, pero es la recesión económica la que vuelve a todos los países desarrollados menos resistentes a las conmociones financieras resultantes del problema de las hipotecas de riesgo elevado y de los planes de préstamos mixtos a los que se recurre después para diluir los riesgos que entraña la deuda de aquéllas. De hecho, la combinación de incertidumbres bancarias, crecimiento más lento, mayor riesgo de desempleo y trabajo precario es la causante de la debilidad política que ahora vemos en el Reino Unido, España, Italia y otros países.

En eso estriba un problema ideológico real. En la segunda mitad del siglo XX se produjo la victoria de la economía de mercado sobre la economía colectivista. La izquierda, que antes había recurrido a Marx, quedó desorientada. Incluso la socialdemocracia, que era una excelente reguladora del capitalismo, en particular en Escandinavia, se quedó muda en la controversia entre keynesianos y monetaristas y éstos vencieron en todo el mundo desarrollado.  El principio aceptado actualmente es el de que los mercados se equilibran óptimamente, sea cual fuere su estado, lo que quiere decir que ninguna intervención o regulación gubernamental sería eficiente ni deseable.

La crisis actual es un castigo severo por ese inmenso error intelectual. No sólo el declive de las regulaciones sociales y financieras antes aceptadas se refleja en la relativa, pero importante, reducción en los treinta últimos años de los ingresos procedentes de los salarios como porcentaje del PIB –y, por tanto, el gasto de los consumidores– en todos los países desarrollados, sino que, además, la abolición deliberada de los controles permite al sector bancario hacer lo que le plazca. Aun así, a juzgar por la mayoría de las informaciones de los medios de comunicación, las crisis paralelas de las hipotecas de riesgo elevado y de los planes de préstamos mixtos, que están paralizando las finanzas mundiales, son enteramente atribuibles a la “inmoralidad” de los bancos y en modo alguno se deben a un fracaso sistémico.

Dicho de forma sencilla, la desregulación, la privatización, la reducción de los servicios públicos y la conversión de los ingresos en el centro de la gestión de las empresas son fenómenos que vienen bien a demasiadas personas. A consecuencia de ello, la batalla política para recuperar el sentido del interés general –de las reglas y del equilibrio– será larga y dura. Lo que también está claro, aun cuando no se reconozca lo suficiente, es que dicha batalla será primordialmente de carácter intelectual: se debe devolver la legitimidad a la idea de que debe haber ciertas reglas fundamentales y organismos públicos de regulación.

Ésa debe ser la tarea de los socialdemócratas…. pero ahí es donde aprieta el zapato. Nosotros, los socialdemócratas, ya no podemos reñir esas batallas, porque el problema no es sólo ideológico, sino también cultural. Los medios de comunicación han dejado de ser comentaristas y han pasado a ser participantes que han secuestrado la política con imaginería lingüística. Ya sea accidental o intencionadamente, los medios de comunicación eligen solo las batallas que ofrecen el espectáculo más vistoso: choques de personalidades, violencia y represión, luchas por la identidad nacional y disputas sobre actitudes morales y sexuales. Para los medios de comunicación contemporáneos, las controversias técnicas sobre políticas carecen de interés, porque el auditorio que se interesa por ellas es limitado.

Por ejemplo, en la preparación de su próximo congreso, el Partido Socialista francés ha sucumbido a esa realidad. Ya sabemos que habrá fuegos artificiales de los medios de comunicación, pero se hablará poco de regulación económica. El caso de España, donde un gobierno competente y respetado está cargando con toda la culpa de una crisis financiera que comenzó en otras partes, es idéntico. En lugar de centrarse en la crisis exclusivamente,  no cesa de agitarse delante de los medios de comunicación. Todo lo que amenace la estabilidad gubernamental vende periódicos y espacio publicitario, al tiempo que complica la resolución de los problemas subyacentes.

Dicho con la mayor sencillez, un sistema en el que los medios de comunicación se comportan así coloca no sólo la economía, sino también la democracia, en riesgo.

 

*Ex Primer Ministro de Francia y dirigente del Partido Socialista, es diputado al Parlamento Europeo.





Liceo de Aplicación

29 08 2008

Para ver cómo se derrumba la educación chilena, basta con mirar al Liceo de Aplicación de Santiago. Carta Publicada en La Tercera, Viernes 29 de Agosto de 2008.

Liceo de Aplicación

Señor director:
 
Después del derrumbe ocurrido en el Liceo de Aplicación mientras los alumnos protestaban por las malas condiciones de infraestructura del Liceo, sólo una lección podemos sacar de este episodio, un viejo refrán: los niños dicen la verdad.
 
Néstor Morales T.





El Político

27 08 2008

Héctor Soto

Para el cinismo de esta época, el único político que debería cantar victoria es aquel que habiéndolo hecho mal es reconocido, aplaudido, reelegido o coronado como gran estadista una y otra vez. No tendría gran mérito hacerlo bien y ser apreciado por la ciudadanía en función de los resultados. La gracia por la inversa estaría menos en ser que en parecer.

Alan García podría entregar experiencias interesantes a este respecto. A pesar de haber hecho uno de los peores gobiernos de la historia del Perú, García volvió al Palacio Quemado hace dos años y, para que se vea que en la política no todo está escrito para siempre, ahora está haciendo un gobierno que ha inducido a muchos observadores a hablar con entusiasmo de un supuesto “milagro peruano”.

Su caso es también notable porque es el único político del Apra que ha llevado dos veces a su partido al poder. Es cierto que la segunda lo pudo hacer porque su candidatura representó el mal menor para el centro y la derecha peruanos. La otra alternativa era Ollanta Humala. Pero sería una pequeñez no reconocer que el presidente tiene conexiones fuertes con el Perú profundo, que es un político de muchos recursos, que a veces puede ser un encantador de serpientes y que si de algo sabe –y sabe mucho– es de política. De política entendida no como la ciencia del diseño e implementación de políticas públicas eficientes, sino como ese arte un poco oscuro que consiste en tocar, con la astucia de los zorros pero también con la convicción de los misioneros, la tecla justa en el momento preciso.

A lo mejor no tenemos a alguien así en la política chilena. Pero a lo mejor ese alguien es ni más ni menos que Patricio Aylwin. El ex presidente sabe poco, muy poco, de economía, pero nadie en Chile podría darle lecciones de política. Es más: en este plano la cátedra la imparte él. No hay político en nuestro país que puede decir que jugó un rol tan decisivo como el suyo en los dos momentos que dividieron las aguas de la historia chilena del siglo XX. Uno fue el derrumbe del sistema político en 1973. El otro, la recuperación de la democracia el año 1989.

Un político que logra estar en la línea de fuego de ambos acontecimientos no es sólo alguien con buena elasticidad muscular y política. También es alguien que se las ingenia o tiene el talento natural para estar donde debe estar. En este caso específico, para estar al lado de las mayorías y tener un cuento cívico, un discurso le dicen ahora, verosímil y convincente. Tan convincente, de hecho, que el primer convencido es sin duda el propio ex presidente.

En este talento, por más que la ciencia política se devane los sesos y por más que las tecnocracias crean que el buen gobierno se reduce a un aséptico asunto de concepción de políticas públicas bien orientadas y sensatas, los políticos son insustituibles. Necesarios e insustituibles.

Invitados de piedra a la escena pública, por lo general despreciados, especialistas en todo y al mismo tiempo en nada, turbios a la hora de la maquinación o el complot pero diáfanos en los pocos momentos de encuentro de los países con la Historia, los políticos de envergadura, los estadistas, no sólo saben poner la vela donde sopla el viento y encarnar las aspiraciones colectivas en un momento dado. También saben darle un sentido colectivo, una urgencia épica, a las causas que abrazan. Y por eso se ganan el derecho a situarse al centro en la foto colectiva.

¿Cuánto de política, entendida en estos términos, sabrán los próximos candidatos presidenciales? Respecto de Lagos, obviamente, la pregunta está de más. El ex presidente, hay que reconocerlo, lo hizo bien en estos dominios. Su gobierno fue una lección respecto de que -más allá de las prioridades y agendas de una administración- el ejercicio del poder supone un ethos y una cierta majestad pública que no viene incluida en el cargo de presidente. A Lagos le fallaron las políticas públicas –la redistribución, la energía, el Transantiago, la educación– pero la política no le falló.

El caso de Insulza es más dudoso porque, sin desmerecer su enorme experiencia de gobierno, el riesgo en que constantemente está incurriendo el ex ministro es entender la política como pura negociación. Sin duda que es eso. Y sin duda también que es algo más.

Queda el nombre de Piñera. Está claro que es un político de inteligencia amplia y que fue un gran senador. Pero hasta ahora, estando bien rankeado en las encuestas, no ha logrado desplegar ante el país su proyecto político y los alcances de su relato. Tampoco ha logrado poner su liderazgo a las alturas del futuro. Su gente, en todo caso, dice que la campaña todavía no comienza. El tiempo sin embargo ya está corriendo y en esto los ciclos son distintos. Como lo saben Frei y Bachelet, una cosa es llegar a la presidencia y otra un tanto distinta es entrar a la Historia.





Residuos de la grandeza

25 08 2008

Valentí Puig

Los ídolos más modernos son los que se desploman con aquella prontitud de lo que arde fácilmente o se evapora sin dejar rastro alguno de nobleza. Al otro lado del río, donde hubo templos y palacios, para sucesivas promociones escolares la mitología greco—latina y el legado cultural del cristianismo ya no existen. Visitar un gran museo sin saber quién es Prometeo o qué fue la torre de Babel tiene algo de recorrido con antifaz virtual en un mundo sin referencias ni claves de civilización. Cuando a Goethe le preguntan a qué escritor le hubiese gustado conocer, no duda en decir: «Virgilio». Dante también recurrió a Virgilio como guía para transitar el infierno. Virgilio, el poeta que funda Europa. Hijo de alfarero y apicultor, su madre le da a luz en una zanja, y dice Jean Giono que se sabe también que era una tarde de bruma ligeramente holandesa y que a través de la niebla los rayos del sol agrandaban desmesuradamente la sombra de los grandes bueyes con cuernos en forma de lira. Un efecto equivalente aparece en la densidad transparente, en la serenidad turbadora de «Las hilanderas».

¿Quién leerá hoy a Virgilio, a Dante o Goethe? Incluso los críticos literarios más peripuestos se concentran en la lectura del siglo XX, a ser posible entre Paul Auster y Tabucchi. Por una parte, padecemos un proceso acelerado de vulgarización, entre la «play station» y la violencia tribal. Por otro, lo menos deleznable es una nostalgia por ideales y causas impolutas que no se han vivido y que se intuyen solo parcialmente. De ahí, y de tantos cabos por atar que deja la secularización, el afán de una religiosidad sin nombre. El mal hecho es irreversible salvo por reacción individual ante el naufragio y su consecuencia más manifiesta es la relativización de lo que era la literatura como un «continuum» de la experiencia humana, de la vida simbólica del hombre. Eso incide en el sistema de valores, erosiona. Afecta a la trama que sustancia gran parte de lo que entendemos como Occidente. Va incluso más allá de relativismo cultural. Niega la palabra misma, y como Foucault, también la existencia del ser humano. Es difícil entender a Dante si negamos la distinción entre el bien y el mal. De poco sirve leer a Shakespeare si no aceptamos la noción de naturaleza humana. Nada aprenderemos de Cervantes si reducimos la imaginación a psicopatología. Si la guerra es una entelequia políticamente incorrecta, ¿cómo interpretar una literatura y un arte sin guerra cuando ahí están Tolstoi o «La rendición de Breda»?

Lo políticamente correcto ha instituido una cultura de la sospecha que afecta a las novelas que comienzan por el principio y acaban por el final, la melodía en la música, la armonía en la arquitectura, la figuración en la pintura. Lo políticamente correcto es la trasgresión: el arte oficial es la vanguardia. Paradigma de la trasgresión que debe ser prioritaria en todo arte, el urinario de Marcel Duchamp primero apareció como una broma surrealista al exponerlo en 1917 con el título «Fuente»; así estuvo ascendiendo a los museos y fue parte de un absolutismo de la ideología estética, al margen de que Duchamp fuera un hombre con humor y buen jugador de ajedrez. En 2004, era seleccionada como «la obra de arte más importante del arte moderno». Ya llevaba tiempo consagrada: en 1999, un pintor que, como gesto de réplica, usó del urinario de Duchamp según función original, fue penalizado y tuvo que pagar una multa por daños y perjuicios. Décadas después, todo encaja en el vértigo. Duchamp asume la trasgresión cuando lee a Max Stirner, el más inteligente y menos destructivo de los anarco—pensadores, pero capaz de negar cualquier forma de esencia personal. Bagatelas tales como el espíritu o la belleza quedan rotas y cubiertas por las arenas del desierto, como la escultura de aquel Ozymandias rey de reyes que el poeta evoca y dice: «Y en torno a la ruina del colosal naufragio, sin límites, se extiende la arena lisa y sola que en el principio era». En el pensamiento de Foucault, lector de Stirner, las olas borran de la arena todo vestigio de la identidad del ser humano. Como humor, el dadaísmo y el surrealismo ya no divierten a nadie. Más bien enojan.

En oposición a la tradición permanente han predominado oficialmente las tradiciones de la novedad. Por eso el elitismo es un deber. Sin ambición las culturas no existen. Dicho de otro modo, se disuelven a partir de un cierto grado de autosatisfacción. Cada cultura tiene sus propias estrategias simbólicas, procesos de sedimentación y también de fragmentación o de fosilización. Es así que lo post—moderno ha fosilizado con tanta diligencia. Tendremos que recuperar la idea de que la cultura es la fuerza de continuidad en la biografía colectiva de una comunidad humana y a la vez un acto de individualidad. La libre circulación de las élites es imprescindible para una sociedad cohesiva y emprendedora, con voluntad de excelencia intelectual. Todo consiste en que, intelectualmente, libertad, responsabilidad y verdad recuperen sus vínculos. Cuesta siglos la sedimentación de instituciones que encaucen el conflicto en términos de escenario jurídico; en cuestión de segundos caen las torres gemelas de Manhattan.

Más allá el nihilismo perpetúa un mundo tóxico y residual, el gran virus que pudiera colapsar la red de redes de la experiencia colectiva, las vastas panorámicas de la acción humana. La energía prometeica sigue a disposición del mal. Implantamos ingenierías sociales que truncan la libertad, versiones del hombre nuevo que del absoluto ideológico han pasado a ser objetivo de las últimas instrumentaciones genéticas. Esa dimensión oscura coexiste con la capacidad para hacer el bien, con la pasión por la belleza, con el ansia de lucidez moral. La memoria es otro deber ineludible porque, como depósito de la experiencia y del caudal de la Historia, nos protege de la abstracción y de la radicalidad trasgresora. Algo elemental e intransferible está siendo corrompido todos los días, en el hemiciclo de un parlamento, en los laboratorios, en las páginas editoriales, en las aulas. Dice Therese Delpech en «El retorno a la barbarie en el siglo XXI» que lo más singular de nuestra época es, por un lado, la convicción de que el mal está instalado en el corazón de la Historia y, por otro, el frenético rechazo de esa constatación. Aún así, quedan resquicios para la grandeza y la gloria.





Democracia y autoritarismo

25 08 2008

ÓSCAR GODOY ARCAYA

La democracia en Chile tiene una larga trayectoria, cuyo trazado histórico es similar al de los países europeos: sistema representativo, con partidos políticos y una base ciudadana restringida, en el siglo XIX, y democracia representativa y expansión de los derechos y libertades a partir del siglo XX. ¿Cómo pensamos y percibimos hoy a la democracia? ¿Y cómo piensan y perciben hoy los americanos a la democracia? La encuesta Lapop (Universidad de Vanderbilt y Universidad Católica de Chile) publicada ayer domingo nos ofrece algunas respuestas.

El 69,5% de los chilenos piensa que la democracia, a pesar de los problemas que enfrenta, es el mejor los regímenes. Ello contrasta con la aceptación que tiene este régimen en los tres países que lideran el ranking: Canadá (87,2%), Argentina (86,6%) y Uruguay (85,3%).

Chile está acompañado de Brasil y México en un nicho entre el 70 y 68,5%. Y no muy lejos de los países que le dan menos apoyo a la democracia, Paraguay, Guatemala y Honduras.

Pero la pregunta por el “apoyo a la democracia” no es simple, pues incluye dos elementos de cierta complejidad. El primero es situacional, es decir, coloca al interrogado en la perspectiva de un régimen que gobierna en condiciones de adversidad (”puede que la democracia tenga problemas”). El segundo es axiológico, porque focaliza la pregunta en el “valor” o “mérito” de la democracia considerada en sí misma (”pero es mejor que cualquier otra forma de gobierno”). Se pregunta así por el mérito absoluto de la democracia, teniendo a la vista la experiencia de las dificultades que enfrenta su práctica democrática en el plano de la contingencia.

¿Por qué no estamos entre los primeros del ranking, junto con Uruguay, por ejemplo? En el marco de este artículo, solamente puede proponerse una hipótesis. Siempre habrá personas que prefieran un régimen distinto a la democracia y otras que sólo se limitarán a dar juicios contingentes sobre lo político, basados en los resultados de los gobiernos. Pero también existe un tercer tipo de personas, que guardan la memoria de un régimen autoritario. Cuando esa memoria es enteramente negativa, la balanza se inclina casi sin contrapeso hacia la democracia, pero si el autoritarismo dejó algún patrimonio positivo, a pesar de sus aristas nefastas, las cosas son distintas. Esta memoria, además de explicar adhesiones y lealtades, también da cuenta de una posición escéptica ante la política en general. En este sentido, me parece relevante que Chile, Brasil y México, que son países que han vivido la saga autoritaria, tengan posiciones tan similares en relación con el mérito de la democracia. Y que los países en que el autoritarismo fue absolutamente nefasto, la democracia genere mayor adhesión, como son los casos de Argentina y Uruguay.

La encuesta también pregunta sobre la “preferencia” por la democracia en una perspectiva comparada. En este ejercicio, Chile queda en el puesto 18 sobre 21. El 59,9% de los chilenos prefiere la democracia; al 17,7 % le “da lo mismo” y el 13,6% expresa una eventual preferencia por el autoritarismo. Los chilenos manifestamos una evidente inconsistencia entre el mérito que le atribuimos a la democracia (69,5%) y nuestra preferencia por la democracia (59,9), pues entre ambas hay casi 10 puntos de diferencia. Ocurre algo semejante con Brasil (valor de la democracia, 70,5%; preferencia, 57,8%, y por el autoritarismo, 14,3%). Estos datos hacen verosímil mi hipótesis sobre el peso de los autoritarismos constructivos en la evaluación de la democracia. En este sentido, ¿qué ocurre con México? Los mexicanos son más consistentes en una de las dos variables, porque el valor que le asignan a la democracia coincide con su preferencia por ella (68,5 y 70,2%, respectivamente). Ello no obsta a que estén cercanos a Chile y Brasil en una cierta afección al autoritarismo (11,5%) y es probable que esta afinidad asimétrica se explique por las diferencias entre el autoritarismo militar-tecnocrático de Chile y Brasil y el autoritarismo de “partido único” del pasado mexicano.

El modo como vivimos nuestra democracia pasa por estados distintos. Hoy la satisfacción de su performance, como sistema de gobierno, es del 48,1%. Ello significa claramente que hay un malestar con la eficacia gubernativa y el desempeño de algunas instituciones, como los partidos políticos y el Parlamento. El desafío de la política chilena es estar a la altura de las expectativas que levanta la democracia.





Frivolidad y educación

22 08 2008

Agustín Squella

Nuestros limitados logros en materia educacional pueden hallar su causa en algunas ideas, tan equivocadas como ampliamente compartidas, acerca de qué significa educarse.

 De partida, se ha exagerado hasta la majadería en la necesidad de una educación continua, como si sólo viviéramos para educarnos, y se ha exagerado también en la relación entre educación y trabajo, reduciendo aquélla a simple capacitación, a una suerte de precalentamiento laboral cuyo único sentido estaría dado por los puestos a que permite acceder.

La lógica del parvulario se ha extendido a los demás niveles educativos, presentando la educación como si se tratara de un juego, como si ella tuviera que ser siempre divertida, trivializando los contenidos de las asignaturas, los métodos de enseñanza y la disposición al trabajo que los alumnos deben mostrar en las salas de clases.

De la mano de la falacia de que recibir educación tiene que ser tan liviano y entretenido como jugar, se ha instalado la idea de que educarse es una tarea fácil que no requiere mayor esfuerzo de profesores y menos de estudiantes, produciéndose una especie de “conspiración contra la dificultad”, una de cuyas manifestaciones es que a la hora de leer se prefieran versiones resumidas a textos completos.

Puestos a hablar de derechos y de deberes, soy de los que prefieren estar más atentos a los primeros que a los segundos, aunque no por ello dejo de ver con preocupación cuánto se enfatiza hoy en los derechos de los estudiantes y cuán poco se habla de sus deberes, hasta el punto de que el derecho a tener educación pareciera no conllevar el deber de esforzarse por alcanzarla una vez obtenida la matrícula del caso.

Peor aún, el derecho a la educación pareciera incluir el de tener buenas notas, un malentendido cuya expresión más desvergonzada es el siguiente grafiti que vi pintado en un recinto universitario: “Aprobar es un derecho humano”.

La obsesión con las mediciones de la calidad de la educación parece haber desplazado al interés por la calidad misma, de manera que los procesos de enseñanza y aprendizaje se enfocan más a los resultados que los establecimientos pretenden obtener en tales mediciones que a los que de hecho estén produciendo en niños y jóvenes.

Se pregona también que hoy todo se reduce a aprender a aprender, como si quienes pagan por la educación de sus hijos pudieran satisfacerse con que éstos pasen y pasen de curso sin llegar a saber absolutamente nada. Y un acento en los métodos antes que en los contenidos de la enseñanza ha producido profesores bien adiestrados en recursos metodológicos, pero mal preparados en la materia de sus disciplinas, con el resultado de que más de un profesor pueda disertar hoy con mayor facilidad acerca del uso del pizarrón que sobre los temas de su asignatura.

Pusilánimes y algo acobardados ante no pocos jóvenes que quieren tomarse la vida sin responsabilidad y la educación sin esfuerzo, no nos atrevemos a hablarles de deberes y hasta transformamos en ícono a cualquiera de ellos que se eche los deberes al bolsillo.





¿Puede la Concertación ganar las elecciones presidenciales del 2009?

21 08 2008

Carlos Huneeus*

A raíz de la encuesta CEP de Junio y CERC de Julio de 2008, se me ha preguntado si acaso la Concertación puede derrotar a Sebastián Piñera en las presidenciales del 2009. Respondo que sí, pero para fundamentar la respuesta no basta mirar los resultados de las encuestas, sino que también se debe analizar la realidad política, muy adversa para una quinta victoria del oficialismo.

Los cambios de gobierno en democracia se producen por la derrota de la administración que termina y no por un triunfo de la oposición. La pelota del partido la tiene el gobierno de Michelle Bachelet y el desenlace electoral dependerá de cómo haga su trabajo en los próximos meses.

Su aporte a favorecer la postulación de un abanderado de la Concertación es muy difícil porque se encuentra en el peor escenario desde 1990: perdió la mayoría en ambas cámaras. Para sacar los proyectos de leyes que le interesen deberá entenderse –le guste o no- con la derecha, la cual mirará sus intereses políticos para decidir qué hacer. Eso es realpolitik y ocurre en todas las democracias. Esto quiere decir que es el gobierno más débil desde 1990.

Recordemos que las pérdidas de la mayoría en ambas cámaras se debió a decisiones de los partidos, primero el PPD, con la renuncia del senador Fernando Flores por el conflicto producido como consecuencia de las elecciones internas del 2006 y la expulsión de Jorge Schaulsohn, uno de los fundadores de la colectividad. Fue seguido por la decisión de la directiva del PDC, que encabeza la senadora Soledad Alvear, de expulsar al senador Adolfo Zaldívar, a quien le siguieron cinco diputados. Y el PS está en un estado de pánico por la “indisciplina” del senador Alejandro Navarro, que declara actuará de acuerdo a su conciencia. Se privilegió tener bancadas más cohesionadas, pero con el altísimo costo de perder la mayoría del congreso. Los partidos están más débiles que nunca.

Enfrentar las elecciones del 2009 por parte de la Concertación significa definir cómo se quiere lograr y ahí siguen los problemas. Desde el 2006 se ha personalizado el tema, comenzando por la proclamación de José Miguel Insulza por Camilo Escalona, presidente del PS. Después se sumaron otros nombres, que parece se incrementarán aún más. Hace recordar a la derecha de 1958, que recurrió a Jorge Alessandri porque liberales y conservadores no tenían un buen candidato propio.

La personalización del tema va acompañada de la ausencia de ideas, de un proyecto que tome en cuenta los logros, las debilidades y errores. Más de lo mismo implica un regalo a la derecha, que dice que lo puede hacer mejor. Ignorar el fracaso del Transantiago o de la educación municipalizada es inviable en la campaña electoral.

La personalización del tema presidencial y la ausencia de ideas han tenido graves consecuencias, pues la decisión del PPD y el PRSD de romper la Concertación para llevar una lista propia de concejales se entiende en ese escenario. Esta decisión tiene el doble carácter de mostrar el mal estado en que se encuentra la coalición y prioridad dada a los intereses de esos partidos, por encima de los de la Concertación. Por ende, se trata de una decisión estratégica y no de una táctica electoral como lo han explicado.

Para que la Concertación derrote a Piñera, se requiere que los partidos no sigan cometiendo errores y el gobierno resuelva los problemas pendientes, comenzando por el Transantiago. Y tiene que involucrarse en el desorden de los partidos. La presidenta Bachelet no ha tenido una relación fácil con los partidos, pues el carácter ciudadano que le quiso dar a su administración no lo ha abandonado enteramente. Debe hacerlo porque es un paso indispensable para que termine bien su mandato. Su gestión también se medirá por la forma que ella se involucre en el tema sucesorio, con o sin éxito.

*Carlos Huneeus es director del CERC.





Ley de Transparencia

18 08 2008

Carta Publicada en La Tercera, Domingo 17 de Agosto de 2008.

Señor Director:
 
La reciente promulgación de la Ley de Transparencia de la Función Pública y de Acceso a la Información de la Administración del Estado es un caso que podemos llamar, con tristeza, como el de una verdad inconveniente. No se trata de un problema más a causa del calentamiento global pero sí con la temperatura que adquirirá la política y en específico la gestión del Estado. Esta Ley exige respuesta de la autoridad hacia las solicitudes que de información realicen las personas, esta respuesta debe ser oportuna, pertinente y veraz. Cuando las voces de todos los sectores indican que el Estado requiere de transformaciones, modernizarlo, entonces parece poco asertiva la promulgación de esta Ley sin poseer el mismo Estado las opciones de entregar un buen servicio en lo que la norma legal indica, debido a que su ejercicio, o sea, la exigibilidad de la información carecerá, en la práctica, de los principios que sugiere proteger. Herramientas de comunicacioines e información que satisfagan los requeriminetos de la población y de los otros poderes del Estado hasta hoy siguen siendo insuficientes en tiempo y calidad, por lo que esta carencia que es técnica y de capacidades humanas augura un mal destino de una Ley tan importante para el ejercicio progresivo del derecho de accountabillity, principio básico de la política pública moderna.El atochamiento de autoridades y ciudadanos en los tribunales de justicia quejándose de mal servicio es algo que debemos prever antes del descalabro. Es el carro delante de los caballos.
 
Néstor Morales T.





En busca de más calidad democrática

18 08 2008

Manuel Antonio Garretón

Terminadas las transiciones y asegurada una consolidación de los regímenes post—dictatoriales, a pesar de las desestabilizaciones y caídas de presidentes bajo presión popular —problemática central de los ochenta y noventa y comienzos de esta década—, una nueva cuestión se hace predominante: es la calidad de la democracia conquistada y consolidada. Si bien es cierto que desde la instalación misma de los nuevos regímenes existió en varios sectores la preocupación por el tipo de democracia que se estaba gestando, ella fue menor frente al tema de la mera existencia del régimen democrático y a los riesgos iniciales de reposición de dictaduras, y también se orientaba más a la herencia o enclaves legados por éstas que a los rasgos nuevos de la vida política. Hoy que este riesgo parece lejano, la calidad de las democracias latinoamericanas ocupa el lugar principal del análisis y debate político.

 

De eso dan cuenta rankings e indicadores que se ofrecen, sea a partir de encuestas que miden subjetividad, o a través de datos que se extraen de la realidad institucional o del funcionamiento efectivo de las democracias. Ellos pueden ser de resultados socioeconómicos, de calidad de las instituciones o de niveles de satisfacción o una combinación de algunos o todos ellos.

 

Hay tres aspectos, sin embargo, de los que estos rankings o indicadores no dan cuenta. El primero de ellos se refiere a que la mera existencia de determinadas instituciones, propias de la democracia, en determinados contextos no garantiza su carácter democrático. Por ejemplo, la presencia de elementos constitucionales antidemocráticos o el hecho que una Constitución haya sido heredada del régimen dictatorial sin la generación de una nueva y democrática. O, al revés, elementos que en una determinada sociedad pueden satisfacer los estándares democráticos, en otras pueden mermar la calidad de esa democracia. Es lo que ocurre con los sistemas electorales. Se ha hecho un lugar común afirmar que éstos son neutros y que uno no es más democrático que otro. Y lo cierto es que si uno examina los efectos en una sociedad, se dará cuenta de que no es igualmente democrático un sistema que otro y que los bienes que todo sistema electoral busca garantizar, como proporcionalidad, pluralismo, participación, no quedan igualmente garantizados en determinada sociedad por un sistema que sí puede garantizarlo en otra. Así se pueden cumplir todos los requerimientos de elecciones libres, competitivas y transparentes y el resultado no ser la expansión y profundización democrática sino la conformación de una elite cerrada y excluyente. Lo mismo ocurre con la conformación del Poder Judicial o las relaciones Ejecutivo—Legislativo, por nombrar algunos temas que no pueden ser analizados con criterios cuantitativos y que ponen un límite al análisis comparativo. Cuando el análisis de la calidad democrática en un sistema de rankings e indicadores que no muestran la historicidad de cada situación deja de ser una manera más de analizar y se transforma en la única, estamos frente al predominio de la razón tecnocrática y mediática por sobre la deliberación argumentativa que es la esencia del análisis democrático. Para decirlo muy directamente y con un ejemplo, no deja de ser grosero que un país como Chile, que no tiene una Constitución democrática, que tiene un sistema electoral excluyente y que le da a la minoría un poder de veto, un Poder Judicial con jueces que defienden la impunidad por las violaciones de derechos humanos, aparezca en los primeros lugares de los rankings de calidad democrática .

 

El segundo aspecto tiene que ver con que, sin minusvalorar la autonomía de la democracia política, la calidad de ésta se ve afectada necesariamente por elementos socioeconómicos y culturales. La cuestión de la igualdad efectiva de derechos, que toca a uno de los principios éticos fundantes de la democracia política y que exige la distribución equitativa del poder y la riqueza y la existencia de una verdadera comunidad socioeconómica, y la cuestión de la diversidad cultural, que no impide sino fortalece la cohesión social, son elementos que si bien no pueden considerarse como condición de existencia de los regímenes democráticos, son indispensables de considerar a la hora de evaluar su calidad. La ausencia de estas dimensiones en los rankings de democraticidad, desfigura absolutamente los análisis comparativos y los transforma a veces en instrumentos más ideológicos que científicos.

 

El tercer aspecto, del que daba cuenta Fernando Vallespín hace unas semanas en la reunión de la Asociación Latinoamericana de Ciencia Política de Costa Rica, se refiere a que no siempre en la evaluación de la calidad de la democracia se tiene en cuenta la transformación de las democracias representativas a través de partidos políticos en democracias orientadas por la lógica mediática en que el demos, ciudadanía o electorado, los candidatos y también los que ocupan los más altos puestos de representación, dejan de responder a las opciones partidarias y quedan capturados en la lógica de los medios de comunicación, que es todo menos el reino de la democracia deliberativa o argumentativa, aunque en determinados contextos los medios puedan jugar un papel de gran importancia democrática, siempre que no sean la única fuente de información y análisis y que no domine la idea de que no se existe si no se está en los medios. La transformación de los medios en poderes fácticos limita el carácter democrático de los procesos políticos, lo que se agrava en situaciones en que ni siquiera existe el pluralismo dentro de ellos. Para decirlo con ejemplos, es evidente que la Italia de Berlusconi es menos democrática que muchas democracias que aparecen más bajo que Italia en los rankings, aunque figure en un lugar alto en esas mediciones. Y eso se puede aplicar en nuestros propios países también.

 

No se trata de negar el valor que puedan tener los índices y rankings de la calidad democrática, sino de señalar sus límites y profundizar los análisis con argumentos que den cuenta de los contextos históricos y del sentido que en esos marcos tienen tales índices.